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Monasterio colgante de Hengshan

Uno de los lugares más impresionantes de China y por el que merece la pena realizar un viaje hasta allí, es el Monasterio colgante de Hengshan.

Patrimonio Mundial de la UNESCO, está situado en la montaña Hengshan que es una de las cinco montañas sagradas del taoísmo, cuenta con 2.017 metros de altitud y por ella pasa uno de los muchos tramos de la Gran Muralla China. En él están presentes las tres religiones mayoritarias de China: confucionismo, budismo y taoísmo.

El Monasterio se construyó en sobre el año 491 d.C. y fue dedicado al dios de la montaña. A lo largo de los siglos, evidentemente, ha sido reconstruido en varias ocasiones durante las Dinastías Ming (1368-1644) y Qing. Y es que hay que pensar que está construido en madera.

Lo más impresionante, aparte de que está sólo sostenido por postes de madera, es que se encuentra desafiando las leyes de la gravedad colgando de la montaña a una altura de 75 metros. Por lo que las vistas que podemos disfrutar son magníficas, eso sí, no aptas para personas con vértigo o miedo a las alturas.

Lo que se ha conseguido al realizar la construcción del monasterio a esa altura es que el mismo haya quedado fuera de los peligros de las inundaciones aunque ha tenido que soportar la fuerza del viento y la erosión del tiempo durante siglos. Además, al tratarse de un monasterio, el silencio y el aislamiento hacen más propicios los momentos de recogimiento.

Está compuesto por 40 salas, unas en el interior de la montaña en forma de cuevas y las otras suspendidas, y es una auténtica maravilla de la arquitectura por el entramado de pilares, pasarelas y postes que lo componen y lo sostienen. Lo que es todo un desafío, ya que la sensación de seguridad según paseas por sus pasarelas es totalmente nula.

El Monasterio se encuentra a sólo una hora en coche de Datong y sus parajes son increíbles ya que muchos de sus habitantes aún siguen viviendo en cuevas.

LOS REINOS COMBATIENTES

Una de las épocas más importantes en la historia de China es la que se denomina de los Reinos Combatientes.

Fue una época que duró unos 250 años en el siglo V a.C. y se produjo cuando la región se dividió en 8 estados que eran beligerantes entre ellos. Y, aunque pueda parecer contradictorio, este momento de la historia propició el surgimiento de nuevas corrientes religiosas y filosóficas como el confucianismo, el taoísmo, el mohismo o el legalismo, aunque, en muchas ocasiones, las directrices las establecía el gobernante del momento. De hecho, el emperador Qin hizo quemar todos los escritos que no tuvieran que ver con la corriente del legalismo que él quería imponer.

Igualmente hubo un auge en la proliferación de nuevas tecnologías implantadas para la guerra, tales como nuevas armas, carros de guerra y herramientas de diversa índole propiciadas por el fin del uso del bronce y el comienzo del hierro.

Gracias a la división de los territorios, el comercio tuvo un gran auge. La necesidad de comerciar con otros reinos diferentes de los que se estaba en guerra, hizo que los gobernantes miraran más allá de sus fronteras para impulsar su economía, mayoritariamente mermada por las batallas.

Se realizaron muchos proyectos constructivos pero el que tuvo mayor relevancia para la historia fue el comienzo de la construcción de la Gran Muralla China.

El famoso libro de “El Arte de la Guerra” de Sun Tzu se escribió en este período. Y es que durante aquella época se mejoraron las estrategias militares y los guerreros eran entrenados sin descanso para mejorar sus tácticas.

En el año 221 a.C, el emperador Qin ponía fin a esta etapa de los Reinos Combatientes cuando terminó de unificar China en un solo territorio. Comenzó así la dinastía y el período Qin.