Ji Gong

Ji Gong o el monje harapiento es uno de esos personajes a los que se describe con cariño.

Nació en el año 1130 durante la Dinastía Song en una familia acomodada que le hubiera permitido vivir cómodamente pero cuando era joven ingresó en un monasterio budista cambiando su nombre por el de Dao Ji.

Su mayor trabajo en el monasterio cuando era joven era el de cocinero. Preparaba toda la comida de los otros monjes sin descanso y, según se decía, tenía un carácter muy especial, sincero, excéntrico, firme seguidor budista y esta actitud molestaba al resto de los monjes, que además tenían que aguantar que violara la prohibición de comer carne y tomara vino. Por ello, lo apodaron Ji, el monje loco.

Era normal representarlo en harapos, con una gran sonrisa, una botella de vino y un abanico de hojas de palma totalmente roto.

Muchas son las leyendas que se narran sobre él y sus andanzas.

Se dice que en una ocasión salvó a todo un pueblo de perecer bajo un derrumbe. Para ello secuestró a una novia a punto de casarse y obligó a que todo el mundo lo siguiera por la montaña. Cuando la roca iba a abalanzarse sobre ellos, Ji Gong la paró con su mano. Parece ser que, hoy en día, puede verse con la huella de la mano impresa.

En otra ocasión, se cuenta que Ji Gong ayudó con sus poderes a conseguir la madera necesaria para la construcción de un templo en la provincia de Hangzhou. Él atraía los maderos desde la provincia de Sichuan a través de un pozo. Cuando ya no necesitaron más, el encargado le grito que parara y uno de los maderos quedó varado en el pozo. Allí se levantó un pabellón denominado “Pozo de la Divina Teleportación”.

Una historia muy bonita sobre él es la que cuenta que en una ocasión acudió a una calle en la que la pobreza, la miseria y el hambre inundaban la vida de sus moradores. En ella vivía una pareja de ancianos que se dedicaban a la reparación, la fabricación y la venta de abanicos pero cuyo trabajo era escaso y no les llegaba para comer.

Ji Gong entró en la tienda y dejó su estropeado abanico en el mostrador para que se lo repararan. Antes de que le dijeran que no era posible se fue. A su vuelta, los ancianos le habían sustituido el viejo por un nuevo abanico.

Tan agradecido quedó Ji Gong, que pagó el nuevo abanico y a su salida de la tienda dejó un pergamino en la puerta que rezaba: “Excelente arte que viene de un trabajo duro y buen corazón” y “hermoso abanico que encuentra riqueza y fortuna en el arte”.

A partir de ese momento, la gente comenzó a visitar la tienda y el negocio prosperó. Desde ese momento, la calle pasó a llamarse “Calle del abanico”.

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